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El taller Julio Cortázar se creó en Córdoba en 1983

El taller Julio Cortázar se creó en Córdoba en 1983

“Un lugar donde podía contar que mi padre estaba desaparecido”

Lo dijo Nicolás Castiglioni, ex integrante del taller Julio Cortázar, un espacio de contención destinado a los hijos de víctimas de la dictadura que funcionó en los ’80 en Córdoba. De la contención de niños que no sabían que había otros hijos de padres desaparecidos, hasta la construcción de la organización que revitalizó la lucha por la memoria, verdad y justicia.

 Los que formaron parte de aquella experiencia aseguran que les cambió la vida, al permitirles superar el sentimiento de tragedia individual, entender la dimensión colectiva de su drama y comenzar a crecer con libertad y esperanza. Destinado a los hijos de víctimas del terrorismo de Estado, el taller Julio Cortázar fue creado en 1983, junto con el retorno de la democracia, por un grupo de militantes de derechos humanos de Córdoba.

Su director, el médico pediatra sanjuanino Roger Becerra, fallecido en julio de 2012, eligió como imagen representativa el grabado Manos con flores, de Pablo Picasso, y como lema la frase “Niños por la vida”. Lo secundaba un grupo de profesionales, la mayoría psicólogos que apuntalaban la tarea de contención, entre ellos Silvia Plaza, hoy integrante del equipo de acompañamiento psicológico a los testigos en los juicios de lesa humanidad, e Inés Cantoni, actual asesora letrada del Inadi en San Juan.

“Roger era como un gran padre para nosotros, y el cerebro y el alma del taller”, afirman los ahora hombres y mujeres que por aquellos años asistían los sábados a esa comunidad que transitó por varias sedes, hasta los primeros años de la década del 90. La más recordada, una casona frente a la tradicional Plaza Colón, donde un grupo de profesores militantes enseñaba pintura, teatro, mimos, guitarra, poesía, muralismo, ajedrez y ecología, entre otras actividades.

El financiamiento provenía de agencias de cooperación internacional, gestionado de los organismos de derechos humanos, y un aportante incondicional fue Joan Manuel Serrat, quien regularmente enviaba el dinero con que se pagaba el alquiler de la sede. El único apoyo estatal era el almuerzo provisto por el Programa de Asistencia Integral de Córdoba (Paicor), una dosis de energía que permitía a esos niños, niñas y adolescentes sobrellevar las intensas jornadas que comenzaban a la mañana y se extendían hasta que la merienda con leche chocolatada los despedía.

Roger Becerra.

Para salir de campamento, el único transporte disponible era el Rastrojero de Juan José “Toto” López, el ex prisionero de La Perla y profe del taller de teatro que mientras intentaba recuperar su profesión de actor se ganaba la vida como verdulero. Amontonados en la caja del vehículo, los chicos cantaban, con la música de la canción de Clemente: “Viene la patota del taller. ¿Qué taller? Julio Cortázar. Larguen todo y vengan volando, que se está gestando una generación”.

“Una burbuja donde podíamos respirar libremente”

Hijo de los ex militantes montoneros y presos políticos Marily Piotti y Cecilio Salguero, Emiliano Salguero recuerda: “En ese tiempo todavía estábamos bajo la mirada de los represores, y a mí de algún modo el taller me hizo ver que había otros pibes en la misma situación que yo. Eso te contenía”.  “El taller te abría un mundo de posibilidades, en medio de una sociedad que todavía estaba muy reprimida. Yo soy biólogo gracias al taller de ecología. Creo que el taller Julio Cortázar era lo que hoy es el canal Paka Paka, pero con una interacción persona a persona”, compara Emiliano, hoy integrante del área de Violencia Institucional de H.I.J.O.S.  y coordinador de la Mesa de Trabajo por los Derechos Humanos de Córdoba.

María Carolina Llorens es hija de los militantes desaparecidos del PRT-ERP Diana Triay y Sebastián Llorens, cuyos restos fueron recuperados por el Equipo Argentino de Antropología Forense y devueltos a la familia el 28 de mayo de 2013. “Yo tenía 13 o 14 años y fui al taller por mis propios medios -relata-. Para mí fue muy importante, porque por primera vez me encontré con otros hijos de víctimas, incluso había otros chicos no afectados directamente por la dictadura. Y también me dio la oportunidad de encontrarme con la otra parte de la familia (los Llorens), de la que varios integrantes fueron secuestrados o presos políticos. Me ayudó a descubrir mi identidad y dejar de sentirme sola e incomprendida”.

“Para mí fue una tabla de salvación”, dice Carmela Viale, hija de Aníbal Viale y Delia Ferreyra, también integrantes del PRT-ERP exiliados con sus siete hijos en México, luego de que varios familiares fueran desaparecidos y encarcelados por la dictadura. “En esa Argentina pos dictatorial, tan difícil, el taller Cortázar fue el espacio más generoso que a alguien se le podía haber ocurrido para contener a chicos como nosotros, signados por una historia de silencio y una vida en la clandestinidad. Mientras en la escuela secundaria yo me tenía que aguantar que mis compañeros dijeran que los guerrilleros mandaban a sus hijos a poner bombas sin poder decir nada, el taller era una burbuja donde podíamos respirar libremente y ser nosotros mismos”, destaca Carmela.

Entre los asistentes más pequeños estaba Nicolás Castiglioni, hijo de los militantes del PRT-ERP Miguel Ángel Castiglioni, desaparecido, y Susana Gómez, ex presa política. Al salir su madre de prisión en el año 80, se radicaron en el pueblo de La Calera. Allí Nicolás iba a una escuela “llena de profesores fachos” y debía ocultar que era hijo de víctimas del terrorismo de Estado. “El taller me ayudó a darme cuenta de que mucha más gente había sufrido esto, que no solamente había estado presa mi mamá, y a entender el concepto del desaparecido. A mí en casa siempre me dijeron la verdad, pero encontrarse con los relatos de otros también ayudaba mucho”, destaca.

“Después de ir a los talleres, había un momento de reflexión, donde cada uno contaba su experiencia -narra Castiglioni, hoy fotógrafo de Abuelas de Plaza de Mayo delegación Córdoba-. En ese momento había chicos que lloraban, ahí afloraba mucha angustia, pero ese era el espacio donde yo sentía que no tenía que ocultar nada y podía contarles a todos mi verdad. Podía decir quién era mi papá y que estaba desaparecido”.

El semillero de H.I.J.O.S.

El cantito de la “patota del taller” resultó autopredictivo, porque aquella experiencia contribuyó a elaborar una identidad que después derivaría en la construcción política de la organización H.I.J.O.S. 

El cuadro de Pablo Picasso que era la imagen del taller.

Justamente, el taller Julio Cortázar fue la organización convocante del campamento en el complejo San Miguel, de la serrana localidad de Río Ceballos, donde hace veinte años un centenar de jóvenes decidió crear la organización que insuflaría vitalidad a la lucha por memoria, verdad y justicia. Meses antes, el propio Roger Becerra había convocado a los ex asistentes al taller para comer un asado, donde “surgió la idea de hacer algo más grande”,  recuerda Nicolás.

“El taller acompañó la lucha contra las leyes de impunidad y el indulto, y al encuentro de San Miguel lo organizó con los últimos fondos que tenía. Ahí tomamos conciencia de que había que hacer algo más que juntarnos a hablar. El taller tuvo mucho que ver, porque en él ya habíamos aprendido un montón de cosas de la militancia. Entonces, el taller nos acompaño hasta ahí, cumplió su ciclo, se corrió, y nosotros seguimos nuestra propia historia”, valora María Carolina, hoy psicóloga.

Para Emiliano, de no haber existido el taller Julio Cortázar “quizás H.I.J.O.S. Córdoba no fuera lo que es. Por ejemplo, nosotros fuimos la primera regional que planteó la población abierta, la decisión de no cerrarnos solamente a los que fuimos víctimas. Eso tiene que ver con la impronta del taller, que nos permitió sumar a otros jóvenes que eran amigos y compartían los objetivos. Fue nuestro caldo de cultivo”.

También integrante del grupo fundador, Viale rememora “la avalancha de gente que se sumó” luego de que se diera a conocer la “Carta a la sociedad”, el documento fundacional de la organización, y revive las dificultades de aquel vertiginoso comienzo: “Había chicos que nunca habían tenido la contención y la formación que tuvimos nosotros en el taller. A muchos, nosotros mismos les contamos quiénes habían sido sus padres, y en eso había que tener mucho cuidado”.

Acaso por ser docente primaria, considera que la riqueza principal de la experiencia del taller Julio Cortázar fue el haberlos iniciado en “la reflexión, la práctica artística, el vínculo con el otro y el trabajo plenario, con una sólida formación política y en derechos humanos”. “Por eso después tuvimos tantas ganas de seguir militando”, concluye Carmela.

 

Por: Alexis Oliva, desde Córdoba.

Fotos: Nicolás Castiglioni y Taller J. Cortázar

Nota extraída de http://www.archivoinfojus.gob.ar

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