El valor de un cuerpo. Texto de Celeste Giacchetta.

El sol me golpea la cara. Intento despertar, pero me invade un deseo tan grande de no hacerlo. Respiro. ¿Respiro? Se siente tan vacío adentro.

Es miércoles 18 de octubre, abro los ojos. Tengo la ilusión de que todo sea un sueño, un mal sueño. Respiro de nuevo. Intento volver a sentir mi corazón, mi alma, mi interior con paz, pero sólo consigo levantarme de la cama y moverme en automático, mientras mi cabeza se pierde en un laberinto de muros tan altos que me cuesta ver con claridad.

Camino con miedo, esos ojos que se posan fijos en mí ya no sólo me incomodan, me asustan. ¿Y si la próxima soy yo? ¿Y si ese desprecio por ser distinta se transforma en una lanza que me atraviesa el cuerpo? Mi cuerpo, ese que no vale nada.

 

Mientras me dirijo al trabajo, subo al colectivo, pago mi boleto, busco con ambición encontrarme con algún rostro familiar, alguna compañera trans que suba y me haga sentir que ir a trabajar no es un privilegio, sino una realidad.

Nada más con echar un vistazo lo confirmo. Nosotras no estamos en el colectivo a la mañana para ir a trabajar; a nosotras nos ponen en la noche y en la esquina. Ahí sí voy a encontrar a mis amigas, con sus rostros cansados, con las marcas de una sociedad que nos sigue criminalizando, con el cuerpo cosificado y etiquetado, con la fe rota.

Repica en mí como rayo la inquisidora pregunta de Judith Butler: “¿Qué hace que un cuerpo importe?”. Respiro. Cuesta que ingrese el aire. Tomo fuerzas. Me aferro a la idea de que esto debe cambiar, y con eso rompo en llanto. Lloro por cada una de las veces que me engañaron y me hicieron creer que íbamos avanzando. Lloro porque Azul, Laura, Estrella, Vanesa, Diana y otras tantas compañeras ya no están entre nosotras y las que quedamos vamos siendo asesinadas poco a poco. Lloro porque tengo miedo de no ver nunca más a mi familia. Lloro porque mi deseo es ser feliz, un deseo que parece ser un crimen.

Hoy estamos sin Azul Montoro, una joven trans de 23 años que fue asesinada, brutalmente fusilada. Primero, por una sociedad que nos castiga, por un Estado cómplice en el silencio; y después, por un hombre que descartó su vida como si nada. Y ante esto no puedo dejar de preguntarme: ¿qué hace que un cuerpo valga?

Al finalizar el día, al volver de gritar en las calles con la garganta rota de tristeza y de bronca, me llega una revelación: nos matan para no enfrentarse con sus propios deseos reprimidos, nos matan para no reconocer que nos admiran por ser libres, nos matan por no responder a sus dogmas. Sí, ¡los descubrimos!, nos matan porque nos temen.

 

Por Celeste Giacchetta

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