Memorias de una travesti que quiso estudiar.

Yo seguía pagando la condena de ser “puto”; en realidad,

una nena trans, pero para la escuela eso no existe.

Dedico este texto a cada una de mis compañeras que no pudieron soportar la expulsión del sistema educativo violento y a todxs¹ los que fuimos y somos víctimas del “bullying”. Resistan.

Tenía 13 años cuando la profesora de Biología se acerco a mí con total dramatismo. “¿Qué tiene puesto?”, escupió, sin dejar de mirarme fijo. “Esto no puede ser. En su casa podrá hacer lo que quiera, pero acá está en una escuela, no en un conventillo”.

Terminada la frase, tomó aire y prosiguió: “¿A usted le parece llevar eso?”, y me señalaba el rostro como si me hubiese encontrado in fraganti en alguna especie de delito que ni ella podía identificar con claridad, pero que sin duda alguna estaba dispuesta a corregir.

“Acompáñeme, Giacchetta”. Siempre me llamaba por el apellido, marcando la distancia y la diferencia con el resto de mis compañerxs, que no necesitaban ser normalizados.

Cuando sos una persona diversa, distinta, rara, etcétera, una de las primeras cosas que aprendés desde muy temprana edad es a bloquear. Bloqueás comentarios burlones en la mesa de tu familia, bloqueás los gritos en la calle, bloqueás que de fondo siempre exista alguien señalándote y usándote de chivo expiatorio de sus propias inseguridades, y llegás a bloquear tu propio ser, que pide libertad.

Así fue como, por supuesto, usé esa habilidad adquirida y bloqueé con mis propios pensamientos el alboroto de mi salón cuando fui escoltada por la “suma inquisidora de la moralidad y pontífice de la corrección” por el pasillo de la escuela que llevaba a la sala de profesores.

Para mi sorpresa, al llegar a la sala estaban todxs¹ ahí. No faltaba ni el profesor de Educación Física (al cual odiaba profundamente, por su afición a hacerme jugar al fútbol).

Yo conocía de sobra el motivo por el que era perseguida, y mientras ingresaba a esa sala llena de educadores y otras yerbas, me paralicé por unos segundos e intenté retroceder, pero un certero empujón de mi carcelera personal me obligó a ponerme en el sector de los acusados.

“¿Pero qué pasó ahora?”, preguntó con tono irónico la preceptora mirándome de arriba abajo.

“Y… ¡Mirá!”. La de Biología me agarró las pestañas como si fuera la prueba irrefutable de mi infracción. “Vino con rímel, ahora…”. Para ese momento, yo respiraba tan rápido y mi corazón estaba tan acelerado que lo sentía en todas las partes de mi cuerpo.

Transpiré. Me avergoncé de mí misma. Me sentí una cosa horrorosa y con necesidad de desechar. Rompí en llanto. Bajaban de mi cara lágrimas negras del rímel robado a mi cuñada.

En ese preciso momento, escuchaba de fondo la campana que llamaba al recreo. Podía percibir cómo el resto de mis compañerxs¹ “normales” gozaban de su libertad y salían a copar el patio de la escuela, mientras yo seguía pagando la condena de ser “puto”; en realidad, una nena trans, pero para la escuela eso no existe.

Tenía sólo 13 años… La profesora de Ciencias Sociales fue la única que me dijo que me quedara tranquila. Sin duda, acorde con su rol de adulto responsable, miró al resto de los “preocupados” educadores y los llamó a tranquilizarse. “Lidia, me parece que no son las formas”, pronunció.

“Y vos, lavate la cara y salí al recreo”. De manera inesperada, como suelen suceder las cosas en la vida, tuve una abogada en ese juicio espontáneo. Obviamente, sin dudarlo, me levanté y corrí al baño a hacer lo que me pedía.

Hoy tengo 31 años, quiere el destino que me mire al espejo en esta inversa paradoja y el panorama es otro. Recuerdo esa escuela que prefería mirar al costado, recuerdo esos docentes que me obligaban a cumplir sus mandatos sin que mi voz importara, y me agradezco por haber sido tan fuerte, tan auténtica en un sistema que te exige lo prefabricado y haber aprendido a nunca más dejar que nadie me diga cómo puedo o debo ser.

Texto: Celeste Giacchetta

Publicado por La Voz del Interior.

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